Cómo viajar un poco en el tiempo

CRÓNICA

Cuando llegamos a Cabildo, lo primero que vimos fue una minera en la entrada de la ciudad. Nos sorprendió lo bien resuelta que parecía estar, con techos y calles limpias y cientos de vecinos a sólo metros.

Pasando por pequeñas calles, llegamos hasta fuera de la comisaría. Sentimos un ritmo distinto al que estábamos acostumbrados. La gente caminaba más lento, los autos también. Las casas eran de adobe y los letreros de los negocios estaban pintados. El paso del tiempo era distinto ahí. Fue como viajar un poco en el tiempo.

La comisaría era una pequeña casa, con reja de piedra y un lindo jardín. Junto a ella estaba la Municipalidad, una casa casi colonial, de dos pisos, rodeada de árboles y muy acorde al lugar. En su balcón había una paloma blanca que nos llamó la atención.

Antes de entrar, dos concejales nos recibieron muy cordialmente. Entre chistes y risas caminamos hacia la plaza. Paramos unas 4 veces a conversar con gente conocida de estos concejales. Entre ellos, uno nos saludó con mucho gusto y nos comentó lo contento que le ponía el trabajo que haremos con la comuna. Él tenía un aire a Mario Mutis, de hecho, hasta creímos que de verdad podía serlo. Tras despedirnos, nos enteramos que era el alcalde de Cabildo.

La plaza era un lugar especial. Una iglesia distinta a todas las que había visto la bordeaba y de fondo, un cerro muy grande, ya seco por la época. En el centro tenía un pequeño odeón, como en la mayoría de las comunas del interior, y muchas bancas con algunos viejitos sentados, conversando y compartiendo sus historias.

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Nos devolvimos a la Municipalidad caminando entre cumbias de las radios locales que sonaban en los negocios. Al llegar, nos reunimos en el salón principal, con una enorme mesa, las sillas más cómodas en las que nos hemos sentado y cuadros de alcaldes con sus concejos anteriores. Además, un ventanal que dejaba ver la ciudad y los cerros que la rodeaban. Tras él, el balcón que se veía desde afuera. La paloma blanca que seguía ahí.

Los concejales nos narraron sus intenciones con el proyecto, las historias y anécdotas de la ciudad y los rasgos más típicos del lugar: los sobrenombres, las fiestas religiosas y el espíritu futbolero. Entre esos rasgos, comentaron que el cabildano es cuentero y chamullento.

En eso, nos contaron las anécdotas que oyeron de los viejos. Como el cuento del minero que durmió a unos pajaritos con diazepam en polvo, los metió a un saco y lo colgó en la mula. Cuando el minero subía por el cerro, la mula comenzó a levantarse, porque los pajaritos habían despertado. “Son cuentos que duran 45 minutos, que nos encanta escuchar y que a nadie le importa si de verdad ocurrieron”, nos dice uno de los concejales.

Entre las historias sobre “el Paraita”, “los Pichula”, la señora Zulema, las canchas, la “lancha” y los rodeos, pensaba lo afortunado que éramos por encontrarnos en el lugar que estábamos, escuchando lo que estábamos escuchando y lo motivante e importante que es rescatar todo esto pronto, porque los viejos se están yendo y las casas de adobe cayendo, para siempre.

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Por Cristofer Rios Díaz. Texto publicado en el sitio https://petorcaminera.wordpress.com, en el marco de un proyecto de rescate de la memoria histórica de las comunas de Petorca y Cabildo, desarrollado por la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica de Valparaíso y el Centro de Minería de la misma universidad.

Fotos: Paulina Ortega y Absalón Opazo (Cavila)

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