Proa

BARRIO PUERTO

Descansábamos después de un arduo día de trabajo en el mercado puerto. Los sacos de papas y cebollas levantados aquella mañana provocaban crujidos de espaldas y palabras no muy cristianas.

Le dije a Arturo que bajáramos al bar de la esquina a beber unas bielas heladitas, de esas que te hacen abandonar mujeres, y bueno, obviamente mi cumpa dio el sí. Partimos con una sed terrible, ni que hubiéramos caminado todo el Sahara, pero bueno, llegamos al local de mala muerte y entre borrachines nariz de pimporra nos abrimos paso hasta llegar a nuestra mesa ubicada en una esquina, la más solitaria y húmeda del bar.

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Llegó un mozo con cara de suicida arrepentido, ofreció la carta y nos pedimos una java de biela más dos vasos del año 1950. Fue mucha la conversa y cuando ya habíamos bajado mas de la mitad de la mercadería, de repente, suena una huevada parecida a un trueno, una bomba atómica, el bar se partió en dos, con Arturo caímos al piso, las bielas se hicieron trizas, fluía el brebaje por todo el piso, los borrachines trataban de mantener el equilibrio, luego vino un silencio, una luz, un destello o resplandor (llámenlo como quieran) y entonces apareció así como de la nada la Proa de un buque descontrolado que luego de que el capitán se pegara un balazo en la sien no halló nada mejor que maniobrar a la deriva entre callejones arrasando con gentíos y cuanta cosa se le cruzara para anclar en uno de los bares más olvidados del puerto justo al lado de nuestra mesa.

Un poco aturdidos por la visión que se nos presentaba como un perturbador cuadro del poeta Quiñones, procedimos a levantarnos, sacudirnos un poco del polvo y las estrellas de mar que ya se habían instalado sobre nuestras cabezas, para continuar con nuestro ritual.

Sacamos un paño de la mesa del barman y con un poco de silicona con telarañas lustramos la punta de la proa que vigilaba estática las cabezas de los contertulios, la cual al cabo de unos segundos quedo brillando cual ángel enrarecido lisérgico mientras nosotros seguimos tomando hasta el amanecer.

Por Felipe Ugalde

-Microcuento en memoria de Arturo Rojas.

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