“Caballeros” de Chile, de Armando Uribe

COMENTARIO LITERARIO

Tan buen poeta como ensayista
, certero y con la mirada puesta sobre el despojo, sobre los orígenes, sobre el nacimiento de las sombras que asolaron al continente con golpes de estado y desapariciones, Armando Uribe nuevamente nos remece el corazón y la conciencia con este excelente libro: “Caballeros de Chile”.

Mediante una serie de vivencias de infancia y juventud, Uribe (1933), Premio Nacional de Literatura 2004, profundiza y revela interesantes aspectos sobre la identidad y modus operandis de la burguesía chilena, como la mentalidad abrumadoramente despectiva hacia el pueblo chileno como estereotipo, y la acertada comparación psicológica/sociológica del golpe de estado de 1973 con la rabieta de una “señora” del barrio alto contra una empleada “desobediente y contestadora”.

El libro es intenso y de rápida lectura, todo se sucede con rapidez y sorprenden las cavilaciones de un autor curioso, reflexivo, que encuentra siempre lo que busca. ¿Y qué busca Uribe? Principalmente, establecer, visibilizar el límite social que impera en Chile hasta hoy, y que divide al país en dos realidades radicalmente opuestas, una clínica y una posta, unos pocos sueldos máximos y muchos mínimos. De cómo el país fue cercenado en su identidad popular y prácticamente acorralado hacia el consumo y el endeudamiento, desapareciendo factores que fueron unitarios en el pasado como la solidaridad y la organización.

Situado como niño y joven hijo de familia inmerso en el concepto de “acomodado”, Uribe va enumerando rasgos que conforman la identidad de la burguesía chilena, partiendo por su desprecio al “roto”, un catolicismo ultra-conservador, expresado en el pecado y la culpa, y las particulares aficiones de los señores por las “chinas”, entre otros tópicos (hablando de las “limosnas”, aparece un episodio con una anécdota fundamental, donde un niño pobre las emprende a pedradas contra el pequeño Uribe porque éste le dijo que los ricos ayudaban a los pobres con la limosna).

Sumando todos los acontecimientos relatados, se da forma a un cuerpo donde una de las principales conclusiones es que la burguesía chilena se considera a sí misma como fundadora del país, por haber conquistado el territorio, trabajado la tierra, y generado la riqueza y el capital que después se expresó en minería, ferrocarriles, comercio, navegación. El autor advierte en este punto una profunda contradicción, pues si bien la clase alta desprecia la chilenidad, expresada en lo popular, se apropia de los emblemas nacionales. En ese sentido, Uribe apunta que una de las frases cliché más escuchadas en las reuniones sociales de los señores era “hay que vender este país y comprarse algo más chico en Europa”.

Esta tesis Armando Uribe la sostiene hasta hoy. En una reciente entrevista al periódico El Ciudadano, el también abogado dijo que en Chile “hay una presencia desmesurada, y esto lo digo sin ningún ánimo de xenofobia, de inmigrantes que no llegará a ser más del 6,5% o 7% de toda la población, pero que sin embargo, tienen un poder real económico, político y hasta cultural de alrededor del 50% en Chile, que son los de primera y segunda generación nacidos en Chile, hijos y nietos de inmigrantes. Siempre ha habido inmigración en Chile, pero ahora es tal la diferencia de lo que significan en la población en términos de poder real”.

En dicha entrevista, Armando Uribe sentencia: “Estamos gobernados por hijos de extranjeros, por personas que no han pertenecido a Chile ni han tenido relación con la mayoría del pueblo chileno. No conocen ni tienen ningún respeto a la historia de Chile y esos son los que en realidad han ido llevando al país desde la dictadura y han renunciado a la nación chilena, consideran que Chile no es un país viable, creen que Chile debe asilarse, en términos de depender del poder de la más grande potencia mundial, Estados Unidos”.

En “Caballeros de Chile” está ese relato, esa crónica social que nos hace falta para armar el puzzle de un país profundamente dividido, en términos materiales y culturales, y en donde una clase social acomodada potencia su identidad visualizando y despreciando a sus antagónicos, los “flaites” de hoy, los “rotos” de ayer. Sin dudas, un libro que sirve para entender el por qué de la ferocidad de la represión a pobladores, campesinos y obreros en 1973, pero también para reflexionar sobre el alma de los dueños del país y el concepto de “patria” que nos venden.

web.armandouribe

Por Absalón Opazo Moreno
Foto: Archivo Memoria Chilena, año 2002, Armando Uribe en su departamento en Santiago, Colección Biblioteca Nacional, diario La Tercera.

Capítulo aparte: los pecados de la iglesia (extracto del libro)
“Mucho cuidado en los corredores”, me dijo Ruiz-Tagle que le había dicho el Padre Rodríguez. Esto es ridículo. ¿Por qué previene a algunos y a otros no? ¿Y qué peligro puede haber en los corredores del Seminario? Cierto es que cuando salimos de la pieza del Padre Rodríguez, uno por uno o en grupo, no se ve gota en los corredores del segundo piso, y el Seminario Viejo es tan destartalado que no sería raro que se quebrara una de las tablas que crujen. Sería espantoso caer y caer interminablemente en un hueco de escalera rota. Capaz que uno terminara en el altar de alguna capilla o en la cama monumental de algún monseñor jubilado de los que tal vez alojan con puerta al jardín interior; les dan esas piezas, quizás, porque de puro viejos no podrían subir las escaleras; y seguro que se llevan en cama día y noche, con el rosario amarrado a las manos y el Diario Ilustrado de hace veinte años abierto encima de la colcha pero sin leerlo porque son casi todos ciegos estos curas misteriosos que arrastran los pies cuando tienen ánimo de caminar. Pero ninguno de ellos está en condiciones de caminar en la oscuridad; y en el Seminario las ampolletas son pocas y cuando hay alguna encendida, por enorme que sea, da apenas una luz más ciega que las tinieblas. En los corredores, como sea, no hay ninguna ampolleta, ni grande ni chica ni amarilla ni apagada. Hay oscuridad completa y olor a humedad, olor a gato, quiero decir a meado de gato. Si no hubiera ese olor a gato dominaría el olor a ratón que se insinúa por las ranuras inferiores de ciertas puertas. Uno adivina que viven otros curas en esas piezas con tufo a ratón, pero uno no los ve jamás. El único sacerdote que he visto en el segundo piso del Seminario es el propio Padre Rodríguez. La única gente viva que se pasea por ahí desde que tengo memoria de nuestras venidas a las reuniones de acción católica donde el Padre Rodríguez, somos nosotros mismos que venimos las tardes de los jueves, a las seis. En invierno a las seis ya está oscuro.

Hace años, las reuniones eran de veras de acción católica. Desde hace tres o cuatro son otra cosa. Algo dice el cura Rodríguez de que hay que cuidar la pureza y cosas así, y cita una frase de una epístola; pero la mayor parte del tiempo, todo el tiempo, nos llevamos leseando entre nosotros y, a veces, con él. Confieso que no me gusta mucho el Padre Rodríguez, y yo le caigo bastante mal. Como las revistas Life y otras con fotografías (hay revistas en inglés donde la propaganda de cigarros tiene retratos o dibujos de mujeres en trajebaños – se les ve todo, y hasta un pequeño montículo tan agradable de mirar, que se llama, recordemos las clases de biología, Monte de Venus), ya las hemos visto varias veces y este jueves el cura Rodríguez no ha renovado su provisión de mujeres en trajebaños mojados dentro de revistas en colores inglesas en papel brillante, terminamos peleando a empujones con Jorge Concha. Le di un buen empujón y fue girando como trompo a dar con la cabeza en el filo del escritorio de madera pesada del Padre Rodríguez y se paró medio mareado Jorge Concha; yo, que estaba con rabia porque él me atacó a traición, me puse a mirar el cuadro horrible en blanco y negro con el milagro de Moisés pasando por el Mar Rojo; es un grabado pero el marco es ancho y con volutas como si en vez de litografía se tratara de una pintura; oí a la perfección que el cura le decía a Concha (creo que le dijo fuerte para que yo lo escuchara): “Pégale ahora, no te dejes empujar así, aprovecha”. Me di media vuelta y lo miré con vergüenza, vergüenza por él, y Concha no se atrevió a hacerme nada porque cuando estoy con rabia estoy con rabia.

¿Qué significa esto de tener mucho cuidado en los corredores del Seminario?

Ruiz-Tagle me contesta: “Es que hay curas que llaman a los niños a sus piezas y les hablan de Jesucristo y después no los dejan salir. El año pasado hubo un escándalo”.

Pero no puedo entender por qué el cura Rodríguez les ha dicho esto a algunos no más y a otros – es mi caso – no”.

¿Quieres leer más de “Caballeros de Chile? Visita:

http://poesia-periferia.blogspot.com/2006/08/apuntes-necesarios-para-la-periferia.html

http://poesia-periferia.blogspot.com/2006/08/apuntes-necesarios-para-la-periferia_07.html

http://poesia-periferia.blogspot.com/2006/08/apuntes-necesarios-para-la-periferia_10.html

3 Comentarios a ““Caballeros” de Chile, de Armando Uribe”

  1. Kankurua Dice:

    Yo me arriesgo a decir que los “Caballeros de Chile” es incolora comparada con otras realidades de este Chile mineral.
    Una opción de vida es liberarse de las ideas prejuiciosas para poder desarrollar el arte de convivir sosteniblemente, Es por algo más grande que nuestro egoísta ego. Es por todos!:)
    Un abrazo

  2. Waldo burgos Dice:

    Dan ganas de leer, siempre es interesante la mirada de Armando Uribe ya que viene del lado acomodado y es bastante severo con la burguesía, es como un hijo que se revela y cuenta la firme de como se tejen las cosas.
    Y… Absalón no se vaya a perder en los pasillos, tenga cuidado jaja.

  3. Yo Dice:

    Cuando hay que ponerse serios… Uribe y nada más

Deje un comentario