Perra Vida

HISTORIETA PORTEÑA

Esa tarde, Lucrecia y yo tuvimos una intensa discusión, intenté explicarle que la escena en la que me encontró con la vecina Romina en la mesa del comedor había sido un error, una calentura, un roce de cuerpos, una acumulación de sensaciones abyectas, pero no me creyó. Se limitó a mirarme con desprecio, con frialdad, tomó sus bártulos y se fue.

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Pensé que iba a regresar después de un rato, pero pasaron las horas y, preocupado y cabizbajo, decidí salir a buscarla. Me topé con la vecina Romina y le pregunté por Lucrecia, si la había visto. Después de decirme que no, me recordó que no quería volver a verme nunca más, que todos sus orgasmos habían sido fingidos.

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Iba pensando en lo buena actriz que había sido Romina cuando me topé con Don Memorario en el pasaje Gálvez. Había dejado su sitial habitual del paseo Gervasoni hastiado de tanto turista. Allí Lo encontré mirando cómo pasaban los barquitos de papel. Me dijo que había visto a Lucrecia unas cuantas horas atrás, le llamó la atención lo triste de su mirar y su pausa al caminar, como si el suelo desapareciera mientras avanzaba quién sabe adónde.

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Baldomera, una hija nunca reconocida, también la había visto por allí mientras jugaba con su gato etíope en las escaleras del Bavestrello. Me contó que le regaló una sonrisa y que su aroma al pasar le había recordado una tarde gris cuando jugaba con sus cinco amigas imaginarias en el cementerio Nº2.

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Ya en el Plan, el señor Reciclante no me puso mucha atención, estaba demasiado absorto tratando de encontrar latas de aluminio y cartón corrugado entre las sobras de los restorantes. Su perro de goma y su pájaro de graffiti me miraron con desdén. Me daba la impresión que encontrar a la mujer que alguna vez amé, que alguna vez me amó, sería una larga odisea.

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Fui a la estación a ver si había tomado el tren a Limache, donde viven sus padres, pero el transporte estaba en paro, detenido, y los trabajadores y usuarios protestaban por la mala educación del país, el alza en el precio de los alimentos, la nula preocupación del gobierno en temas medioambientales y otros tópicos. Me tranquilizó el pensar que Lucrecia podría estar aún en el Puerto, una pequeña luz de esperanza iluminó mi ser.

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Finalmente, subiendo por una larga escalera, la encontré asomada por una ventana. Se veía Hermosa con su pelo rojo moviéndose al compass de la brisa marina. No me dio espacio alguno para explicarle cuánto la extrañaba, se limitó a decirme que me fuera a la mierda. El tipo que fumaba en la escalera me dijo que por 40 lucas podría ver a Lucrecia durante 30 minutos, que si me ponía huevón me iba a echar a los perros. Perra vida.

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Por José Luis Tagle

4 Comentarios a “Perra Vida”

  1. JORGE ARTUS Dice:

    Felicitaciones Jose, buena historia, excelente gráfica…

    …un gran abrazo

  2. Tawer. Dice:

    Excelente.

  3. boris Dice:

    Sr. Tagle, excelente historia y gráfica

  4. Francisco Artaza Dice:

    Felicitaciones José Luis, acabo de ver la historia de Perra Vida y me encantaron las imágenes y el tono de bolero que le diste a la historia.

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