Una historia de jóvenes “terroristas sin causa”

LITERATURA

Con fina ironía, Doris Lessing retrata a un grupo de “jóvenes idealistas” que más que querer transformar el mundo, intentan de una manera desesperada cambiar sus propias vidas.

La buena terrorista, Doris Lessing. Punto de Lectura, Santiago, 2007 (1983). 519 págs.

¿Se puede ser una “terrorista” y una excelente dueña de casa? Esta parece ser la disyuntiva a la que se ve enfrentada Alice Mellings, la protagonista de la novela La buena terrorista de la escritora inglesa Doris Lessing (Irán, 1919), galardonada con el Premio Nobel el año 2007. Ambientada en la Gran Bretaña de los años ochenta, la historia gira en torno a un grupo de jóvenes radicales que ocupan una casa que está a punto de ser derribada. Obsesionados por convertirse en ayudistas del IRA (Ejército Republicano Irlandés), los jóvenes “okupas” darán vida a la UCC (Unión del Centro Comunista), una agrupación bastante variopinta y con una ideología más que confusa, producto de las propias contradicciones existenciales de sus integrantes: dos lesbianas, una burócrata, un negro esquizofrénico, un homosexual radical, un gásfiter solidario, entre otros. Casi todos los jóvenes son hijos de burgueses arrepentidos que adoran la comida exótica, sobre todo, de la India, y que no se les pasa por la cabeza tener que trabajar para solventar sus gustos sibaritas.

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Con fina ironía, la autora retrata a un grupo de “jóvenes idealistas” que más que querer transformar el mundo, intentan de una manera desesperada cambiar sus propias vidas. Más que verdaderos aprendices de revolucionarios, nos enfrentamos a una pandilla de sobrevivientes que se resiste a crecer. Alice, una mujer de 36 años, asume la responsabilidad de cuidar al grupo. En primer lugar, se abocará a la tarea de limpiar la derruida vivienda, echando mano a todas las triquiñuelas que le permite el sistema inglés de protección social para conseguir electricidad, agua y gas gratis, en un plazo prudente para evitar una demolición ya anunciada por el ayuntamiento. Posteriormente, intentará darle coherencia a los actos de estos “terroristas sin causa”, pero sólo logrará poner en evidencia la frivolidad con que asumen su errática militancia. Singular es el episodio en que el grupo intenta hacer contacto con el IRA, e incluso con la KGB, de cuyas tratativas salen ninguneados por un “infantilismo revolucionario”.

CONSTRUCCIÓN PSICOLÓGICA

Doris Lessing, tras la publicación en 1962 de su reconocida obra El cuaderno dorado, se convirtió en icono de las reivindicaciones feministas. Ferviente militante comunista, en los años en que había que ser de izquierda, poco a poco se fue desencantando de las ideas de Marx y Lenin. Si bien la autora no terminó renegando de sus ideas y pasándose al bando contrario, sí usó la fuerza de su escritura para desentrañar la condición humana, sobre todo de quienes se dicen luchar por la reivindicación de los oprimidos. Lessing cumple su cometido en La buena terrorista, principalmente, por la magistral construcción psicológica que hace de su personaje Alice, una mujer a ratos absurda, que puede llegar a ser detestable por su obsesión de entregarse a los demás.

En los tiempos posmodernos que corren, tal vez nos parezca irrisoria la actitud de Alice, de hecho lo es y la autora no oculta esa intención; sin embargo, hay algo en ese personaje que hace que la risa se nos devuelva y, al final, nos cuestionemos a nosotros mismos, no sin decepción. Porque Alice, de una u otra manera, también representa a ese ser humano abnegado y desinteresado que en alguna parte de la historia se nos extravió. Porque la filantropía de Alice, como bien queda retratada en la novela, nada tiene que ver con una ideología política. Parece ser, como me dijo un escéptico amigo, que el mundo de hoy se divide entre buenas y malas personas, y el problema es que hasta ahora siguen ganando los mismos, es decir, los malos.

Recuadro

Sólo son lumpen

“¡La sal de la tierra!, se dijo aplicadamente Alice mientras contemplaba el cuadro de los trabajadores que acumulaban energías para una jornada de duro trabajo comiendo platos de huevos, patatas fritas, salchichas, pan frito, tocino… una barbaridad. Llenos de colesterol, pensó acongojada Alice, ¡y todos tienen un aspecto tan poco saludable! Tenían el pálido tinte grasiento  del tocino o de unas patatas fritas mal cocidas. En el bolsillo de cada uno, o encima de las mesas, mientras lo leían, se veían ejemplares del Sun o del Mirror. Sólo son lumpen, pensó Alice, aliviada por no verse obligada a admirarlos. Peones camioneros o de la construcción, tal vez incluso trabajadores autónomos; ¡no serían esos hombres quienes salvarían a Gran Bretaña de ella misma! Alice se instaló, disfrutando con su deliciosa tostada embebida de mantequilla, y pronto empezó a sentirse mejor. Aunque en realidad no le apetecía el frío y ácido zumo de naranja, se sobrepuso y se lo bebió entre una y otra taza de té amargo”. (Pág. 65)

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