¿En mal pie?

CRÓNICA ABYECTA

Estimados lectores, ubres financieras, carcamales apiñados frente a una pantalla: me dirijo a ustedes paladeando la derrota, sobornando sus contrastes y rezándole a la virgen. Les escribo con la única intención de desdecirme. Ejercicio vano, pensarán ustedes. No exageren, mi vocabulario es amplio como amplia es la tierra. Anoche, después de comprar tubérculos y hortalizas en el mercado (hábito adquirido en las postrimerías del siglo XX), me encontré con una tropa de ciclistas vociferantes, sudorosos y algo enjutos. Llevaban pancartas. Me imagino que intuyen lo que decían aquellos pergaminos: educación gratuita. Bingo. La juventud malsana de nuestro país despertó algo tarde. Sostienen, paradójicamente, el discurso de sus sostenedores: los pasquines de izquierda que hablan de revolución. Ellos, que fracasaron hace treinta y tantos años, titulan sus portadas con infamias de marido gorreado. Putas honestas no son. Se agitan a la primera, los muy cobardes. Son de tiro corto. Como los muchachos que iban en sus bicicletas. Yo, que lamentablemente no sé quedarme callado, le dije a uno con cara de pije insurrecto que vendiera su bicicleta. Digo, para comenzar por algo. Gratuidad no necesariamente significa calidad. Y las bicicletas de los huevones eran de doscientas lucas. Y más. Eran de marcas que no voy a nombrar, yo no hago publicidad gratuita. La miseria familiar ha cubierto los gastos de esos culitos prietos que pedaleaban, al son de una irreverencia impostada, por la avenida Argentina. Tan jóvenes los idiotas, preciosos como pocos, mezclando peras con manzanas. Yo cargaba sacos llenos de pesticidas, bebía en las esquinas, puteaba. Iba directo a la canonización. Pensaba sí que el partido comunista (¿lleva mayúscula esto?) es el único partido político chileno que logra, a través de su estructura lapidaria, alinear sus filas en beneficio de un imaginario caduco. Es digno de reverencia. En otras sedes tienen que andar correa en mano para aquietar las turbulencias glorificadas por sus disidentes. La democracia cristiana es un ejemplo de eso y de otras atrocidades. Para qué decir el partido socialista. Y de la derecha…, la derecha…, qué decir. Han seguido al pie de la letra los designios de su máximo oponente: la concertación. Se han descontrolado. Los mineros terminaron siendo un mal negocio. Lo mismo el terremoto. Y otra cosa, que viene al caso por la injustificada intolerancia de los partidos de gobierno: yo cuando sea grande, verdaderamente grande, quiero poder casarme con un hombre, en lo posible, que tenga operadas sus trompas de Falopio. Y que Hinzpeter sea la madrina obtusa que es en su ministerio para decorar la arcada de mi padre y de mi abuelo. Qué más puedo decirles, estimados lectores. Va cayendo la tarde acá en Valparaíso, cambiaron la hora, me estoy tomando una botella de vino del 2009, estoy a punto de terminar un libro de Cioran que se llama Historia y utopía y abajo, en una habitación que desconozco, se está escribiendo, en una columnata, la razón de mi catástrofe.

Aguilucho III

Por Carlos Peirano
Fotografía de Scarlett Segura

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