My own tsunami

DIARIO DE MI VIDA

1) Esta crónica comienza hoy, pero se remonta a los últimos días de la semana anterior. Anoche reventó la cámara del alcantarillado. Un flujo ocre de desperdicios corría cerro abajo. Hoy, fuera de la propiedad, en la entrada de mi residencia, la espesura material del líquido en cuestión se había desviado unos metros. Fluía a borbotones, como el lomo de una mula o el arcoiris. Carcomía las entrañas de una tierra hecha pendiente. Ahora, de hecho, fluye hacia senderos inequívocos.

Disculpen mi falta de tino con los tiempos verbales. Mi confesionario riñe con la incertidumbre pública, carece de noción y de pautas autoimpuestas. Los de Esval vinieron hace unas horas, pero se fueron. Yo he bebido unas copas demás, creo.

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2) Espero llegar a viejo así que el día del tsunami tomé todos los resguardos que un empresario decente puede procurarse. Hice mis ejercicios frente al espejo, dibuje sobre el vaho del mismo una gran verga, encendí cigarrillos. Entré en pánico. Mis pupilas, dilatadas a más no poder, observaban perplejas los boletines informativos que emitía, de continuum, la televisión. Rostros que retrataban la miseria del pueblo japonés y que solidarizaban, alarmando a la población chilena que vive en las zonas llamadas inundables, deambulando por pasillos mal iluminados, con sus gestos maquillados por un editor ciego y sensacionalista. Ese día, que se cumplía un año del mandato del gobierno de Piñera, la catástrofe (el sino, o el perfecto comodín, del político temperamental y cara de raja) era inminente. Alarma nacional, autoridades por doquier en ministerios atestados de leguleyos y asesores. Flashes amenizando la aparente congoja del nuevo proletariado y el deseo de acabar de una buena vez, por todas, con todo.  Hinzpeter era el mejor. Su semblante, casi prieto, hacía del horario, y la especulación, un oráculo del recetario nacional. Se evacuaban ciudades enteras. La gente huía ante la inminente amenaza de aquello que, por desconocido, insufla valores invertidos en nuestras autoridades. Nada de calma, policías en las calles. Se diría que somos una nación. La operación Daisy a gran escala del ministerio del interior dio resultados: la población se movilizó retrocediendo. Yo me hice grandes preguntas en silencio, por ejemplo: ¿El que nada, nada? ¿Un tsunami es una manifestación de la naturaleza, en su conjunto, o una expresión marítima de aquello que subyace en nuestras propias conciencias?  Deliraba, dirán ustedes. Yo sólo hacía eco del temor infundado que recorría las calles patrulladas por nuestros preceptores. El Estado capitaliza una proyección tendiente a sincronizarnos. El gran baile, lo llamamos. La suprema autoridad y el sentido del ridículo.

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3) Estuve con cagadera. Me cagué en los pantalones, en las sábanas de mi cama (no en las sabanas) y en mis calzones de lana. Puse precio a mi cabeza bebiendo. Ahora en la madrugada bebo boldo. Veo a través de la ventana la bahía de Valparaíso, la ciudad sucia. La ciudad mitificada o su aliento roñoso retratado en sus escasos contenedores. La ciudad que nos respira, que alimenta nuestras ilusiones: la ciudad que se desecha en las quebradas.

La colitis arrecia, imprime su pulso en mi ano. No hay moraleja.

Sigo esperando. Consumo medicamentos.

Ni Esval ni Hinzpeter han tocado mi puerta.

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Ahora el hedor que hipnotiza a mis vecinos delinque en la quietud de la noche. Mi calma es apabullante. He denunciado, dialogando con operadoras ineficientes, la filtración que ha escanciado la mierda de un cerro entero llamado, paradójicamente, Las Delicias. He decidido vulnerarme a través de la impotencia. Esval no hace nada y el director del Mercurio de Valparaíso no publica mis cartas. Queda esperar, atizar la negligencia con esta elegía que carece de versos.

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Por Carlos Peirano

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