Breve historia de un contenedor

CRÓNICA

Hace unos meses, tras la publicación de nuestra revista número 22, dedicada al tema de la basura (donde yo había hecho una descarnada denuncia de la situación que, aún hoy, se vive en el cerro en que habito) apareció, misteriosamente, a los pies de la escala, un contenedor para la basura. Yo no le di importancia al asunto, estaba contento, evidentemente (ya no tendría que bajar mi basura a la avenida Argentina, como explicaba en el texto), hasta que una vecina (a quien le había obsequiado unos ejemplares para repartirlos entre los dirigentes vecinales) me agradeció con pompa lo que, según ella, yo había conseguido: traer, a través de mi texto, que, repito, era más una mofa a la situación desesperante en que vivimos, que una reivindicación barrial, por cierto, necesaria. Tras una charla con mis compañeros de la revista me cayó el tejo: el impreso, que se mueve de mano en mano, por bares, librerías y otros lugares, ejercía un poder que yo no imaginaba. Que, de hecho, nos superaba. La junta de vecinos llevaba años intentando conseguir el famoso contenedor. Pues bien, bastó que alguien pusiera el grito en el cielo (imprimiéndolo en dos mil ejemplares gratuitos) para que la maquinaria del municipio, oxidada a más no poder, se moviera un poco.

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No todo fue miel sobre hojuelas, comenzó a generarse una especie de mundillo alrededor del contenedor, sobre todo de gente que buscaba algo que pudiera venderse: aluminio, metales, cualquier cosa.

No paso un mes y el famoso contenedor desapareció. Decir que entré en cólera es poco. Lo sentí como una verdadera afrenta del municipio de Valparaíso, no a mí, particularmente, sino que a todos los vecinos. Hice, burlado, el ejercicio contrario, esta vez, con mis compañeros. Tuve que decirles que se habían llevado aquél adminículo que dejaba viudo a un barrio entero. Lo dije con rabia y frustración, probablemente, porque me había tomado demasiado a pecho mi labor de denunciante. Como podrán imaginar, volví al viejo hábito de pasearme con mis bolsas de basura por la subida Washington hasta llegar a la avenida Argentina, donde hay dos basureros de plástico que se están cayendo a pedazos.

Y el resto de la gente me imagino que espera al camión o tira sus desechos quebrada abajo; algo que he visto con mis propios ojos.

Bueno, hace unas semanas, con ocasión de la patraña del FORUM, una amiga de Colombia, que en un acto de valentía digno de elogio realizó una acción al margen del paseíto de incapaces que van de cocktail en cocktail perorando sobre sostenibilidad y desarrollo, planeó una acción para limpiar la escalera del cerro en que vivimos. Se necesitaba un contenedor y fuimos a la oficina de aseo del municipio. Era la oportunidad para que me explicaran por qué razón se habían llevado el contenedor. Nos entrevistamos con un inspector que se llamaba, o más bien, se llama, Héctor Valero. Encantador el tipo, elocuente hasta el delirio. Su oficina la compartía con otros zombies que rondaban por ahí como moscas. Fue condescendiente con mi amiga, casi parecía que le interesaba la acción que íbamos a llevar a cabo. Inmediatamente dispuso, tras un llamado en que dio coordenadas, horario, cifras y porcentajes, dos contenedores para la fecha del acto. Yo quedé impresionado. De una pieza. Y ahí le pregunté, en seco, mientras nos despedía con una sonrisa enarcándose en sus labios (que más parecía una mueca), por qué habían puesto sólo un mes el contenedor, sobre todo pensando en la cantidad de gente que vive en el barrio. Yo ya estaba cabreado, debo reconocerlo. Estaba hablando fuerte, golpeado. El tipo dijo que “particulares ocupaban el contenedor para hacer fletes, para descargar escombros. Para, en definitiva, lucrar a costa del municipio”. Solidaricé con su discursillo vulgar y burocrático, pero aposté en grande al preguntarle que, entonces, cual era la solución que el municipio nos ofrecía a los vecinos. Y ahí, sin dudar un instante, dijo que el camión de la basura, que pasa tarde mal y nunca, era la solución. Sensato el funcionario, tenía respuestas para todo. Me dieron ganas de invitarlo a tomar una cerveza y de invitarlo a mi casa para que cargara mi basura hasta el plan. Le dije que por mi casa no pasaba el camión, (yo a esas alturas había perdido toda esperanza) ya no quería dialogar con él, no quería mirarle la cara y seguro que él tampoco quería mirar la mía.

Yo, que soy educado, le di la mano para despedirme pensando que la solución al tema de la basura hay que reenfocarlo no desde la tierna negligencia de nuestro municipio, sino que desde la acción ciudadana, desde el diálogo de las juntas vecinales de nuestra ciudad. De este vertedero cultural que, como una quimera, se piensa y se jacta mirándose el ombligo con iniciativas foráneas que no llegan a nada.

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