El facilitador (o mi primera vez)

PLACERES TERRENALES

A los 15 me obsesioné con saber cómo era el sexo de verdad. Hasta ese momento el furor hormonal (o calentura permanente a secas) que no me dejaba en paz, me había llevado a una gama incompleta de refregones, sobajeos, manoseos, lamidas y casi penetraciones que me tenían con el estanque de la ansiedad ya rebalsando.

dona cienfuegos dibujo 3-1

Me masturbaba con los galanes del cine en cualquier película, alguien se daba un beso y me mojaba, escuchaba follar y me tocaba o dejaba que hombres mayores (digamos de unos 30 años o más) me tocaran de vez en cuando, después de haberlos excitado con mis impúdicos coqueteos de pendeja obsesionada por sentir un orgasmo auténtico. Sabía que más allá de mis dedos, que me llevaban varias veces al día a unos espasmos que ya conocía, había sensaciones penetrantes, por las que ya no quería esperar más.

Lo decidí y me empeciné. “Quiero tirar”, me dije calentona. Y sólo era cosa de escoger porque a los 15, puedo jurar de poto que el 90% de los hombres quieren tirarte y ser el primero de la lista (ya no el único, eso obviamente es demodé). Y por ahí rondaba el clásico universitario reventado con el que nos refregábamos hasta quedar con el pantalón empapado. Sin duda el moría por mí. Pero mi obstinación ardiente no me permitía verlo más que como un medio para un fin. No fue mi primer novio ni el último. Simplemente fue mi facilitador de experiencias eróticas.

Estuve semanas perturbándolo, jugueteando con la posibilidad, dejándolo en el borde del casi casi, pajeándolo hasta la demencia, buscándolo con mi infantil insistencia, siempre insinuando con mi lengua, mi cuerpo adolescente y mis manos intrusas el acto que dibujaba a diario con traviesa perversión y que quedaba flotando diluido entre su sexo y el mío.

Recuerdo el momento del día, a eso de las 4 de la tarde, recuerdo el potente brillo de la luz primaveral, recuerdo mis jeans ajustados y con agujeros, recuerdo una pequeña mancha en la sábana de la cama de la casa de alguien que no recuerdo. Recuerdo que nada me importo después, recuerdo la dicha que sentí, recuerdo que al día siguiente lo patié con una sonrisa y un “lo siento, gracias por todo”. Me siguió por varios días, semanas tal vez, no recuerdo, creo que lloró en la puerta de mi casa. Lo detesté por patético, por no romperme el corazón. Jamás volví a verlo, sin embargo hoy amanecí caliente y lo recordé con mis dedos infalibles.

2 Comentarios a “El facilitador (o mi primera vez)”

  1. pablo Dice:

    buena

  2. La Mota Dice:

    Descubri Cavila webiando por Valpo, cuando fui a comprar sushi a un restaurante me lo dieron…
    siempre me gusto esta onda….que tiene la linea editorial…
    hoy los encuentro por la Web…y estoy feliz!
    me siento representada por las historias de Dona…ademas de cada cosa y letra que se escribe…es demasiado bueno..no cambien el estilo…

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